Hidroituango o lo ‘inimaginable’

La crisis de Hidroituango, con todas sus consecuencias, era ‘inimaginable’. Por más cálculos que hubieran realizado los responsables de la construcción de la central hidroeléctrica, los eventos del último año no estaban contemplados en los riesgos del proyecto.

¿A quién se le podía ocurrir que llegara un momento en el cual era necesario adoptar la decisión de secar el río Cauca para evitar que, eventualmente, la presa cediera y se produjera una avalancha de grandes proporciones con miles de muertos y un daño social, económico y ambiental gigantesco? Esa fue la motivación de la decisión y, con mi amigo Jaime Millán, considero que el cierre de la compuerta la semana pasada era “absolutamente necesario” (‘Caudal del río Cauca volvería a la normalidad en menos de dos días’, EL TIEMPO, 11 de febrero 2019, p. 1.10).

Recordé lo ‘inimaginable’ por un maravilloso libro de Michael Ignatieff, el académico y político canadiense (The Ordinary Virtues, Harvard, 2017) que contiene un capítulo sobre la resiliencia y lo ‘inimaginable’. Estudia el caso de algunos eventos de lo corrido del siglo XXI, como el accidente nuclear de Fukushima, en Japón, después de un terremoto y un tsunami; la inundación de Nueva Orleans a raíz del huracán Katrina, el derrame de petróleo en la plataforma de la British Petroleum en el golfo de México e incluso el ataque terrorista a las Torres Gemelas en Nueva York en 2011 y el colapso del banco Lehman Brothers en 2008. Es como si lo ‘inimaginable’ fuera uno de los males de este siglo.

Lo ‘inimaginable’ va más allá de lo ‘impensable’. Los terremotos, las inundaciones, los accidentes nucleares son ‘pensables’. Pero los tres eventos simultáneamente son ‘inimaginables’. Nuestras expectativas, escribe Ignatieff, “están reguladas por siglos de conocimiento acumulado sobre fenómenos naturales y por la confianza adquirida en la capacidad del Estado moderno para protegernos, utilizando este conocimiento”.

Ahora bien, hoy en día, el estudio de los riesgos es algo común y corriente. Existen economistas especializados en analizar, por ejemplo, el ‘riesgo-país’; arquitectos e ingenieros que consultan a los sismólogos y los geólogos antes de diseñar un proyecto, lo mismo que ingenieros que obtienen los datos meteorológicos para calcular un muro de contención o una barrera marítima o fluvial. Los actuarios, por su lado, evalúan los riesgos para las compañías de seguros, y los institutos de salud están pendientes de todo aquello genere epidemias.

Seguramente, muchos de los riesgos sobre los cuales alertan los especialistas pueden controlarse. Sin embargo, aquellos sobre los cuales es imposible alertar, los inimaginables, nos hacen perder la confianza en el conocimiento, en los profesionales que tienen la responsabilidad de los proyectos y en el Estado.

Entonces, como concluye Ignatieff, debido a lo ‘inimaginable’, “se propaga un aire de incredulidad cínica con respecto la vida pública y a la política... se pierde la confianza en que la ciencia y la política sirvan para prevenir lo peor”.

Es muy posible que Hidroituango nunca llegue a operar de la forma como se diseñó, se proyectó y se planeó. Vendrán las investigaciones exhaustivas, los juicios de responsabilidad, las demandas, los fallos de las cortes, para satisfacer a la opinión pública y a los políticos que siempre, ante lo ‘inimaginable’, quieren que corra sangre. Eso, sin embargo, no va a borrar la historia ni sus impactos. Pero, ojalá sirviera para elaborar un gran caso académico de estudio, por varias universidades, del cual se deriven lecciones para evitar, en lo posible, la repetición futura de hechos que nadie puede imaginar.

Carlos Caballero Argáez  15 de febrero 2019, El Tiempo