¿Por qué no podemos pasar la página?

El acuerdo sobre lo fundamental es la única vía para transitar hacia la paz. Y hacia el futuro.

Asistí en la reciente Feria al lanzamiento de un libro de historia de Colombia de una enorme actualidad: Paz en la República, Colombia, siglo XIX*. Contiene siete capítulos escritos por historiadores reconocidos, sobre las formas en las cuales se selló la paz después de las guerras que sufrió la nación entre 1841 y 1902. Documentos que, en conjunto, muestran que el siglo XIX “no fue un período interminable de guerra civil bipartidista”.

Recordé la lectura de algunos capítulos de este libro reflexionando sobre la secuencia de hechos desatados desde la semana pasada a raíz de la decisión de la Jurisdicción Especial para la Paz de no avalar la extradición de Santrich. Y es que de las guerras del siglo XIX se transitó hacia la paz más fácilmente de lo que ha sido el tortuoso proceso que hemos vivido en estos dos años largos desde la firma del acuerdo del Teatro Colón entre el gobierno del presidente Santos y la cúpula de las Farc.

En el siglo XIX, las guerras terminaban en el campo de batalla; el vencedor se alzaba “con el botín burocrático y las ventajas posicionales que favorecían la perpetuación en el poder”. Pero no se aniquilaba físicamente a los vencidos sino, como lo describe Malcolm Deas, con una expresión muy colombiana, se reducían “a sus debidas proporciones” para que el juego pudiera continuar. Tampoco se aplastaba a la oposición. Pero perder la guerra era como perder las elecciones; el derrotado quedaba excluido del poder. Y fue la exclusión, precisamente, la que causó las guerras hasta que, terminada la guerra de los Mil Días, el presidente Reyes llamó a los liberales al gobierno y a la Asamblea Constituyente. Se generaron, así, cuarenta años seguidos de paz política.

La pregunta es por qué ha sido ahora tan difícil transitar hacia la paz. Por qué no se puede pasar la página y mirar el futuro. Las diferencias entre el siglo XIX y el XXI sirven para aclarar lo que vivimos. Iván Orozco Abad, quien escribe el posfacio del libro, provee algunas claves. Por ejemplo, que quienes desde mediados del siglo pasado se enfrentaron con el Estado no fueron “miembros de las élites tradicionales, sino gentes del pueblo, o hijos de las clases medias urbanas”. Que las víctimas eran invisibles en el siglo XIX y solo se hablaba de vencedores y vencidos. Y que jamás las negociaciones se internacionalizaron como ahora.

Por otra parte, la justicia en el siglo XIX cumplía la función de reforzar las diferencias entre los rivales: “para los seguidores de un partido, los reos eran grandes criminales y, para los otros, mártires”. Algo que se exacerbó en la Colombia del siglo XXI: la mitad de los colombianos considera que el conflicto armado de más de cincuenta años no fue producto de una confrontación política, sino una acción del Estado en contra de la delincuencia y el terrorismo. Y esa mitad ganó el plebiscito y la elección presidencial. De ahí que, como lo reconoce el mismo Orozco en su escrito premonitorio, el simbolismo del caso Santrich, ad portas de ser extraditado para ser juzgado por narcotráfico, más que unir, divide a los colombianos”.

Esta división impide pasar la página y pone en riesgo el futuro. Ya escuchamos al gerente del Banco de la República afirmar que la polarización está afectando el comportamiento de la economía. Si eso es en el corto plazo, ¿qué se puede decir del largo, cuando el bloqueo mental impide pensar en el futuro? Por eso, el acuerdo sobre lo fundamental entre los representantes de todos los colombianos es la única vía para transitar hacia la paz. Y hacia el futuro.

* Camacho, Garrido, Gutiérrez (editores), Paz en la República, Colombia, siglo XIX. Universidad Externado de Colombia, 2018.

Por: Carlos Caballero Argáez, 24 de mayo 2019, El Tiempo