Reflexiones desde el encierro

Si el Estado no actúa rápidamente, se cae en una doble crisis: muertes y depresión de la economía.

El coronavirus enfrenta a las sociedades humanas y a sus dirigentes a la adopción de decisiones de enorme complejidad por sus dimensiones éticas, económicas y políticas.

Está de por medio la vida de muchas personas, bien sea porque las ataca el virus, se enferman o mueren; bien porque en las cuarentenas el ingreso de una gran cantidad de personas y empresas desaparecen y se corre el riesgo del hambre, las quiebras y el desempleo. De tal manera que si el Estado no actúa agresiva y rápidamente, se cae en una doble crisis: muertes y depresión de la economía.

“Los humanos tenemos que hacer escogencias, el virus no”, escribió Martin Wolf en el ‘Financial Times’ la semana anterior. No hay, en este caso, decisiones exentas de un trasfondo ético. Una estrategia posible, la de “no hacer nada”, que favorecen los libertarios, conduce a la propagación exponencial del contagio y, con seguridad, a que los sistemas de salud no den abasto y mueran miles de personas, así el aparato económico continúe funcionado.

Otra, la de “hacerlo todo”, buscaría minimizar el número de muertos –porque aun así los hay– trasladando al Estado la responsabilidad de reforzar el sistema de salud, de compensar financieramente a los afectados por el traumatismo que sufre la economía y de mantener en pie el aparato productivo. Ambas son soluciones extremas, con costos y beneficios económicos muy difíciles de evaluar porque está de por medio el valor de la vida humana.

La discusión de las últimas semanas, a través de las opiniones de nacionales y extranjeros en los medios electrónicos, refleja la tensión entre quienes piensan de una u otra manera. Emocionalmente estoy más cerca del “hacer todo”. No me trasnocha por ahora la ortodoxia en el manejo económico porque vivimos una situación extraordinaria.

Sin embargo, me angustian al menos tres problemas.

Uno, el gigantesco costo social y económico de frenar la actividad productiva por largo tiempo. Dos, la incapacidad del Estado para subsidiar o emplear a quienes necesitan apoyo por la reducción de sus ingresos, vulnerables todos, pobres, informales, pequeños y medianos empresarios y profesionales independientes. Y tres, la dificultad de mantener sin deterioro la capacidad de producción y el empleo en la economía. Como me preocupa la exacerbación del populismo, que conduciría a malas decisiones económicas y políticas.

A través del ‘ensayo y el error’, la receta liberal, habría que aproximarse a una solución de balance entre las posiciones extremas, como lo está intentando hacer el gobierno Duque.

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Es ya un lugar común decir que el mundo y Colombia serán diferentes cuando se supere definitivamente la pandemia. El Estado, sin duda, deberá asumir mayores responsabilidades. Entre estas, reformar los mecanismos y la institucionalidad de la política social. E incrementar su tamaño.

La experiencia de estos días, semanas y meses señala la precariedad de hospitales y clínicas en las regiones colombianas, la necesidad de formalizar el empleo y, muy importante, de contar con un seguro de desempleo. Es evidente, también, que se requiere una reforma pensional que garantice ingresos para los adultos mayores y elimine los subsidios regresivos a las pensiones. Para lograrlo será ineludible una reforma tributaria que aumente el recaudo y una reforma del gasto público para distribuir más equitativamente los ingresos.

Ojalá transitemos hacia una sociedad más igualitaria y menos polarizada, en un país en el cual el Estado tenga una presencia efectiva en todo el territorio. La crisis del coronavirus ha sacado a flote nuestras inmensas debilidades. Mal haríamos en desaprovecharla y en buscar un país mejor.

Carlos Caballero Argáez, 10 de abril 2020 , El Tiempo