Caras nuevas en la Casa de Nariño

El ministro de la Presidencia no está por encima de los ministros del gabinete, aunque estos puedan buscar su consejo.

En cualquier gobierno, del partido que sea y de la coalición de apoyo que se conforme, el funcionamiento de la Presidencia de la República es crucial. Desde la Presidencia se dirigen y coordinan las actividades de la rama ejecutiva central del poder público.

A diferencia de lo que ocurre en los Estados Unidos, en Colombia no se hacen estudios sobre las presidencias, ni sobre la forma en la cual los gobiernos se organizan. Hace unos tres años, sin embargo, convocamos en la Universidad de los Andes, con la estrecha colaboración de Juan Carlos Pinzón, por entonces Secretario General de la Presidencia, una reunión de exsecretarios generales para escuchar sobre su experiencia y las lecciones de su paso por ese cargo.

Todos se refirieron a las complejidades de esa posición por las múltiples tareas asignadas; desde asegurar que funcione la logística más elemental de la Casa de Nariño hasta la relación con los ministros, con cada uno de los congresistas, con los empresarios y los gremios privados, con los medios de comunicación. En fin. Recuerdo claramente la opinión de don Germán Montoya, secretario general durante los cuatro años de la administración de Virgilio Barco: “Lo fundamental es proteger al Presidente, hacerle menos difícil su labor”.

El presidente Santos había decidido en ese momento nombrar altos consejeros presidenciales. Los expertos del exterior que vinieron a esta reunión mostraron su escepticismo con respecto a esa figura, por la posibilidad de conflicto entre los consejeros y los ministros. Aparentemente la fórmula no acomodó al Presidente en sus primeros cuatro años porque acaba de suprimirla. Más bien, decidió crear un ministerio de la Presidencia, y tres altas consejerías con el rango de ministerios.

No sé cómo va a implantarse el ministerio de la Presidencia, que tendría que absorber las funciones de la Secretaría General establecidas por ley desde los años cincuenta del siglo pasado, si no estoy mal. Más que ‘superministro’, esta figura equivaldrá a la de ‘Jefe de Gabinete’ de la Casa Blanca en Estados Unidos, el hombre de confianza del Presidente, su segundo de a bordo, el que tiene que contestar ‘no’ a todo y evitar los errores y las embarradas a su jefe.

El ‘Jefe de Gabinete’ es el primer colaborador del Presidente con mucho poder, pero, ojo, no está habilitado para tomar decisiones y sustituir a los ministros. Es un miembro más del equipo de asesores. Su posición no está en la ‘línea’ como la de los ministros, excepto para la administración del Departamento Administrativo de la Presidencia de la República. Ayuda al Presidente a tratar con los ministros, quienes tienen una serie de responsabilidades fiscales y disciplinarias, y que, junto con el Presidente, ejecutan las acciones del gobierno. Tampoco, seguramente, lo citarán a debates en el Congreso. Su función clave, imagino, será alinear la agenda presidencial con el funcionamiento del Ejecutivo y hacer seguimiento a los impactos de las políticas públicas.

El ministro de la Presidencia, entonces, no está por encima de los ministros del gabinete, aunque estos puedan buscar su consejo. Como no lo está el vicepresidente Vargas Lleras, a pesar de que se le ha entregado la responsabilidad de la vivienda y la infraestructura de transportes. No hay ministros de primera y de segunda, todos cumplen la función de ministros, no de viceministros.

Es difícil comprender por qué el presidente Santos, interesado desde hace años en los temas del buen gobierno, no ha logrado organizar la Presidencia en forma que le acomode y funcione eficientemente. Ojalá esta reforma no termine por hacerle la vida más difícil.

Carlos Caballero Argáez

El Tiempo, 22 de agosto de 2014 ver más