Hay que doblegar las pasiones

El afán de poder y de lucro ha extendido la corrupción por todos los rincones del aparato estatal.

Entre los libros escritos por Albert Hirschman –el intelectual alemán cuya biografía acaba de publicarse en español en Colombia–, uno de los que, en mi opinión, son de mayor actualidad se titula 'Las pasiones y los intereses. Argumentos políticos a favor del capitalismo previos a su triunfo'. Hace pocos días encontré un ejemplar del libro, en español, con un epílogo de su biógrafo, Jeremy Adelman, que constituye una fascinante pieza literaria.

En este libro, Hirschman, como lo escribe Adelman, entró en conversación con los pensadores de la Antigüedad para explorar las bases filosóficas del capitalismo. La tesis es muy sencilla: las pasiones humanas, aquellas que hacen que los hombres sean “malvados”, son contrarrestadas por la búsqueda de su interés económico. De tal manera que el capitalismo y ‘la mano invisible’ de Adam Smith cumplen una función moral y económica fundamental: controlar las pasiones, facilitar el gobierno de los seres humanos y promover el crecimiento económico y la prosperidad.

Esto quiere decir que el interés privado y el bien común pueden coexistir. Pero bien puede ocurrir que en la tensión entre las pasiones y los intereses, las primeras terminen dominando a los segundos. Por ello, la sociedad debe imponerse a sí misma reglas de comportamiento, lo que por estos días llamamos ‘instituciones’. Entonces, en el libro de Hirschman detecto la idea de que la sociedad se autorregule mediante leyes y normas, que eviten los excesos tanto de las pasiones como de la búsqueda del interés individual.

Si algo está caracterizando esta segunda década del siglo XXI en el mundo y en Colombia, es el desborde tanto de las pasiones como de los intereses. En Colombia, la pasión enceguece a buena parte de la opinión pública, incapaz de asimilar las ventajas que ha traído el fin del conflicto, y a esos políticos que luchan por llegar al poder para hacer “trizas” el acuerdo firmado en La Habana. El afán de poder y de lucro desmedido ha extendido la corrupción por todos los rincones del aparato estatal. Dirigentes como el expresidente Uribe calumnian a los periodistas, sin reparar en el daño que hacen a la libertad de expresión, a la sociedad y a una familia.

“Si algo está caracterizando esta segunda década del siglo XXI en el mundo y en Colombia, es el desborde tanto de las pasiones como de los intereses”

Las pasiones están desatadas. Y no hay ni intereses ni reglas de comportamiento que las contrarresten. El peligro de caer en el abismo es gigantesco. El espíritu cívico y las buenas maneras, tan importantes para Hirschman, se han perdido, y se falta al respeto a las instituciones. Es muy grave.

Esta situación no puede cambiar si no hay un alto en el camino que recuerde la importancia de un acuerdo social mínimo y que incluya el desarme de los espíritus y la primacía del interés general sobre el privado. Es la única manera de construir una visión compartida de la Colombia de los próximos años.

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Cuando escribo esta columna, leo en The Economist de la semana pasada un artículo en la línea de mis preocupaciones. Los votantes no quieren saber nada de instituciones ni de reglas: “Los populistas prometen a las gentes quitarles de encima las tensiones que causan las restricciones institucionales” (‘Take back control’, 22 de julio, 2017, p. 60). El rechazo a las élites, la característica que define a un movimiento populista, se originaría en que estas defienden las reglas y las instituciones existentes.

Pero, ojo. El desastre venezolano tiene su origen en el populismo chavista, que entusiasmó a las gentes al principio y terminó en la implosión del país, que nos entristece y preocupa en estos días.

Por eso, en Colombia es necesario doblegar las pasiones, respetar las instituciones y defender las libertades.

CARLOS CABALLERO ARGÁEZ

El Tiempo, 5 de agosto de 2017 (ver más)