Deberíamos tomar el futuro seriamente

Los dirigentes tienen la enorme responsabilidad de proyectar el país en el cual vamos a vivir

En un discurso de finales de 1965, al salir de su retiro, el expresidente Alberto Lleras Camargo trajo a cuento una frase de John Maynard Keynes de plena actualidad en Colombia en medio de una pandemia: “Deberíamos tomar el futuro seriamente porque en él vamos a pasar el resto de nuestras vidas”. A renglón seguido, Lleras anotó: “No nos enredemos, pues, en el pasado, ni nos detengamos más de la cuenta en el presente”.

Los dirigentes de la sociedad y los funcionarios gubernamentales tienen en este momento de la historia una enorme responsabilidad con todos los colombianos –niños, jóvenes, adultos y viejos–, de todos los niveles de ingreso –pobres, vulnerables, acomodados y ricos–. Mirar seriamente hacia adelante. Proyectar el país en el cual vamos a vivir en el futuro. Un futuro que ya comenzó. Porque la pandemia cambió el mundo y, quiérase o no, nos está cambiando a todos y cada uno de los habitantes del planeta.

Hace cien días era evidente que nadie estaba preparado para enfrentar el coronavirus. No podía ser de otra manera. Durante cien días se han ensayado en el mundo todas las vías posibles para administrarla, con mayor o menor éxito. Y en estos cien días saltaron a la vista en Colombia las realidades sociales y económicas, así como las deficiencias y las debilidades del Estado, de las instituciones y de los líderes frente a la sociedad. Un Estado débil, una sociedad polarizada y desconfiada, y una enorme falta de liderazgo.

No podemos declararnos conformes con el actual estado de cosas. Hay que cambiarlo sin destrozar lo ya de por sí frágil –como quieren muchos–, sino reformarlo, construyendo sobre buena parte, no todo, de lo construido. No estamos para revoluciones ni para búsquedas de utopías. Efectos infortunados de la pandemia son el aumento del desempleo, la pobreza y la desigualdad. Es claro que hay que reducir la informalidad e incentivar la creación de empleos formales. Una sociedad en la cual más de la mitad de sus habitantes se encuentran en la informalidad no es viable.

En una nueva economía, el Estado tiene que jugar un papel más activo que en el pasado inmediato, y para ello es esencial diseñar la reforma tributaria estructural de que tanto se ha hablado. Hay que dotar al Gobierno de recursos para financiar un ‘estado de bienestar’ de manera permanente y no temporal. Se sabe lo que hay que hacer.

Hubo una Comisión de Expertos para la Equidad y la Competitividad Tributaria que presentó su informe a fines de 2015, y más recientemente están trabajos como los de Miguel Urrutia y Eduardo Lora. Además, el Estatuto Tributario se ha demandado ante la Corte Constitucional. Es una falta de seriedad y de responsabilidad no buscar el acuerdo político para que el Congreso apruebe prontamente una reforma y despeje el porvenir.

La otra urgencia es la reforma pensional. Mientras más se demoren el Gobierno y los políticos en actuar con seriedad, van a terminar destrozando el sistema pensional, arriesgando dramáticamente el futuro de los colombianos. Las propuestas recientes son descabelladas. No tiene sentido permitir a los afiliados a los fondos privados de pensiones mayores de 52 años trasladarse a Colpensiones ni, tampoco, usar parte de ese ahorro para financiar sus necesidades actuales.

En cambio, el economista Eduardo Lora está proponiendo y divulgando los elementos de una reforma sencilla para generar empleo formal: eliminar las contribuciones obligatorias de empresas y trabajadores para los sistemas pensionales, y establecer una pensión básica universal a quienes no tienen una pensión ya subsidiada por el fisco.

Tomemos en serio el futuro. Vamos a pasar en él el resto de nuestras vidas.

Carlos Caballero Argáez, 19 de junio 2020, El Tiempo