Que la desigualdad no se quede en retórica

Es importante que la preocupación por la desigualdad en Colombia se convierta en el eje de las políticas públicas. Para eso hay que usar el conocimiento adquirido.

El principal tema de la agenda social y económica internacional es la desigualdad. El libro del francés Thomas Piketty lo catapultó; puso al mundo entero a discutirlo y a comentarlo. En el discurso de posesión, el presidente Santos lo incorporó en las prioridades de su gobierno. Y, para estar a la moda, el proyecto de reforma tributaria convierte el impuesto al patrimonio en el impuesto a la ‘riqueza’.

Todo ahora gira en torno a la desigualdad. Eso me parece muy bien. Hace un par de semanas, el Financial Times, de Londres, reseñó simultáneamente tres libros nuevos sobre este fenómeno, escritos en Estados Unidos y en el Reino Unido. En uno de ellos, La desigualdad y el 1 %, escrito por un profesor de Geografía de la Universidad de Oxford, se muestra que el ingreso percibido por el 1 por ciento de los británicos se dobló entre 1980 y el 2011 y alcanzó un 13 por ciento del total en este último año, cuando en las tres décadas anteriores ese porcentaje se había reducido. Según el profesor, en las épocas de prosperidad, la desigualdad económica pasaba inadvertida, pero, como las cosas cambiaron en los últimos seis años, ahora saltó a la vista y al debate público.

El mismo profesor Dorling presenta en su libro evidencia que señala que en las sociedades desiguales la gente no tiene tan buena salud y vive menos años que en las igualitarias. Pone el ejemplo de Glasgow –una de las ciudades más pobres del Reino Unido–, en donde sus habitantes viven catorce años menos, en promedio, que en Londres. Leyendo esa reseña, yo me preguntaba si en Colombia hemos hecho esa investigación porque, con toda seguridad, en la costa Pacífica o en las zonas más pobres del Caribe, la población vive menos años que en el centro del país, no solo por la violencia y la clase de enfermedades que sufre, sino por las condiciones de pobreza.

Es tanta la obsesión con la desigualdad que, por estos días, se ha discutido en Estados Unidos y en Europa si el tipo de política monetaria que se ha puesto en práctica para sacar a los países desarrollados de la recesión económica –a través de la emisión de los bancos centrales por la vía de comprar bonos, lo cual ha elevado su precio– contribuye a exacerbar la desigualdad. Tuvo que editorializar el mismo Financial Times el fin de semana pasado para recordar que, si bien la desigualdad es un problema muy serio, “crearía una enorme confusión pedirles a los bancos centrales que fijen objetivos de reducir la desigualdad, cuando su tarea debe centrarse en la estabilidad de los precios y del sistema financiero, lo mismo que en el crecimiento económico”.

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Es importante que la preocupación por la desigualdad en Colombia no se quede en la retórica del discurso de posesión del presidente Santos, sino que, efectivamente, se convierta en el eje de las distintas políticas públicas. Para eso hay que usar el conocimiento adquirido sobre el tema. Que lo hay, y de excelente calidad.

Si no estoy mal, fue el primer gobierno de Santos el que contrató una Misión Social, a través del Departamento Nacional de Planeación, para estudiar los temas de la pobreza y la desigualdad. Esta Misión fue coordinada por Armando Montenegro, y la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes publicó por separado documentos con algunos de sus resultados. 

Sin embargo, nunca se les hicieron una presentación pública ni una divulgación adecuada, por lo cual mucho temería que el equipo económico y social de la segunda administración Santos no conozca dichos estudios.

Sería verdaderamente absurdo y paradójico que los trabajos de un gobierno no sirvan de insumos a la política del siguiente, bajo el mismo presidente de la República. Pero en Colombia todo puede pasar.

Carlos Caballero Argáez

El Tiempo, 31 de octubre de 2014