La urgencia de enfrentar los problemas

Es alarmante la enorme divergencia entre lo que se propone y lo que es posible hacer.

Al iniciarse el 2020, me asalta una gran preocupación con respecto a lo que en Colombia nos pueda deparar el nuevo año. Temo, además, que esa sensación se convierta en miedo. Como se sabe, desde hace varios siglos, “a lo que hay que tenerle miedo es al miedo mismo”.

El comienzo del año en el ámbito internacional no es promisorio. La incertidumbre sobre el desenvolvimiento de los acontecimientos es muy alta. La confianza del mundo en Estados Unidos es cada día más precaria.

En Colombia, las últimas semanas del año pasado y las dos primeras del nuevo no auguran nada bueno. El asesinato de líderes sociales y el escándalo de las grabaciones ilegales en el Ejército han copado las noticias, pero el martes que viene tendremos una nueva marcha. Según información de este periódico, en la plataforma digital de la ‘conversación nacional’ del presidente Duque ya se han recibido 11.264 propuestas. Es posible, como lo prevé Juan Camilo Restrepo, que para el 15 de marzo ese número ascienda a 20.000. Entonces, ¿cómo van a tramitarse? ¿O se van a engavetar? (El Nuevo Siglo, 12 de enero de 2020). El dilema para el Gobierno es muy serio: o se dedica a negociar las propuestas y los 104 puntos del comité del paro o gobierna.

Es alarmante la enorme divergencia entre lo que se propone y lo que realista y prácticamente es posible hacer. Como lo es la debilidad del Gobierno. Es cierto que al final del año logró la aprobación de la cuestionada reforma tributaria, con sus paños de agua tibia para los estratos de menores ingresos. Elevó el salario mínimo en 6 por ciento por segundo año consecutivo y anunció su apoyo a la prima laboral propuesta por el senador Uribe Vélez (el desempleo no parece desvelarlo). Además, acaba de sacar a Uber del país para congraciarse con los taxistas ante su absoluta incapacidad para reglamentar este servicio. La economía naranja tampoco parece prioritaria. ¿En qué estamos, entonces?

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Los problemas económicos de fondo continúan sin enfrentarse. Aunque su solución no se logre de buenas a primeras –los gobiernos no hacen ‘magia’–, hay que sentar las bases para resolverlos. Si eso no ocurre, se agravarían, y las soluciones se vuelven más complejas. “Si para algo se hicieron los problemas fue para resolverlos”, dice mi señora. Es preocupante que el tiempo pase y el sistema se desestabilice.

El desequilibrio fiscal está ahí, y las proyecciones señalan que va a aumentarse en los próximos dos años, aunque el ministro de Hacienda no lo crea. Que el 70 por ciento del subsidio estatal a los pensionados vaya a los del 20 por ciento de mayores ingresos sigue ahí. La dependencia absoluta de las exportaciones de petróleo sigue ahí, pero a los ambientalistas y a los jóvenes, el fracking los indigna. La mala distribución de los ingresos y la desigualdad siguen ahí, pero no se discuten. Y lo grave no es que los problemas sigan ahí, sino que no se vislumbre la manera de irlos resolviendo; que no surja la estrategia que vaya despejando el horizonte.

En estas circunstancias es ineludible la búsqueda de un acuerdo nacional sobre las reformas sociales, económicas y políticas que se requerirían para generar en los colombianos la esperanza de un mejor futuro.

Las sociedades en América Latina están muy fragmentadas. La política para cohesionarlas es cada vez más difícil de poner en práctica, como lo comentaba el académico francés Pierre Rosanvallon el domingo pasado (EL TIEMPO, p. 2.2), porque “los partidos dejaron de representar a los grupos sociales, los territorios, las ideologías y las religiones”. Sin un acuerdo sobre lo fundamental, sin embargo, se pone en riesgo la democracia, es imposible derrotar el pesimismo y se puede caer en el miedo.

 

Carlos Caballero Argáez, 17 de enero 2020, El Tiempo